A.D.M.

Anaálisis de la Encuesta de Hogares
sobre Vida Familiar INEI 1999


II. Aproximaciones teóricas al estudio de la Violencia Familiar
Buscando la mejor comprensión del fenómeno de la violencia familiar y especificamente de la pareja, presentamos a continuación un breve análisis de los diversos abordajes teóricos que la competen.

Conflictos y Violencia en la Familia
Los conflictos familiares son uno de los resultados posibles de la convivencia social. En ese sentido, los conflictos familiares ponen de manifiesto la diferencia de intereses, deseos y valores de quienes participan en la familia (Straus y Gelles, 1986).

Debido a que los conflictos familiares son muy cambiantes, variables, el centro de la cuestión pasa a ser el método utilizado para la resolución de los mismos (Corsi, 1997). Por consiguiente, son claras las diferencias de un conflicto resuelto mediante la puesta en juego de conocimientos, aptitudes y habilidades comunicativas y, otro que se resuelve mediante el ejercicio de la violencia en cualquiera de sus formas (física, sexual o psicológica).

Las diferentes etapas de desarrollo por las que atraviesa la familia favorecen la aparición de diferentes formas de conflicto, en muchos casos se trata de episodios sucesivos. Por todo ello, es importante distinguir entre dos conceptos clave: conflicto intrafamiliar y violencia intrafamiliar.
Conflicto intrafamiliar: es un episodio que aparece frente a las situaciones familiares nuevas, obligando a los miembros de la familia a usar sus destrezas y habilidades para adaptarse a la situación que ha aparecido.
Violencia intrafamiliar: alude a todas las formas violentas que tienen lugar en las relaciones entre los miembros de la familia. Para hablar de violencia familiar la relación violenta debe ser crónica, permanente o periódica (Corsi, 1994).

Muchas veces se confunde la violencia intrafamiliar con la violencia de pareja. Para entender las diferencias entre una y otra es importante analizar el "sistema pareja" y el "sistema familia" como dos realidades distintas, con estructuras y funciones también diferentes (Vara, 1999). Algunas de estas diferencias se deben a que:

  1. La relación de pareja es una relación voluntaria, mientras que la relación familiar, además de voluntaria, establece lazos biológicos.
  2. La organización de la familia está compuesta de dos, tres o más miembros; por otro lado, la relación de pareja sólo puede estar compuesta por dos personas.
  3. La familia está compuesta por dos sub-sistemas: el parental (alude a la relación entre los padres) y el filial (se refiere a las relaciones con y entre los hijos), los cuales muestran diferencias en cuanto a la distribución de funciones. En el caso de la pareja, la idea de complementareidad es fundamental.
  4. Ambos sistemas presentan diferencias en cuestión de conversaciones, emociones y acciones, favoreciendo la construcción de dos realidades independientes entre sí. Las conversaciones, emociones y acciones que llevan a cabo los padres giran alrededor del proceso educativo, del cuidado de los hijos y de los proyectos familiares; las emociones básicas son la experiencia, la responsabilidad y el disfrute. Por su parte, las acciones de la pareja se desenvuelven alrededor de la necesidad y deseo mutuo, y se apoyan en las emociones de la pareja misma, el compartir experiencias y la sexualidad.
Hecha esta distinción, se puede mencionar que existen muchas razones por las cuales las parejas intentan disimular u ocultar la situación de violencia que viven. Lo que se observa es que sólo cuando la violencia provoca graves daños físicos o psicológicos, el problema se vuelve algo visible para los demás miembros de la familia. En este momento aparecen los supuestos victimarios y las víctimas, muchas veces en apariencia solamente (Flyn, 1990; Gelles, 1994).

Para poder comprender la dinámica de la violencia conyugal es necesario considerar dos factores. El primero se refiere al carácter cíclico de la violencia conyugal y el segundo factor tiene que ver con su intensidad creciente.

Con respecto al primer factor, se ha descrito un "ciclo de violencia" constituído por tres fases:

  1. Fase de "acumulación de tensión": donde se produce una sucesión de pequeños episodios que lleva a roces permanentes entre los miembros de la pareja, con un incremento constante de la hostilidad y la ansiedad.
  2. Fase de "episodio agudo": aquí, la tensión que se había venido acumulando da lugar a una explosión de violencia, la cual puede variar en gravedad, desde un empujón hasta el homicidio.
  3. Fase de "luna de miel": en esta etapa se produce el arrepentimiento, a veces instantáneo por parte de el/la agresor(a), es el momento de las disculpas y las promesas de que nunca más volverá a repetirse. Pasado un tiempo, nuevamente se inician los episodios de acumulación de tensión. El ciclo de la violencia se inicia otra vez.
Con respecto a la intensidad creciente, se puede describir una verdadera escalada de violencia (Vara, 1999), la cual presenta las siguientes características:
  1. La primera etapa de la violencia es sutil, tomando la forma de agresión psicológica. Consiste en atentados contra la autoestima personal. El/la agresor(a) ridiculiza, ignora la presencia de su cónyuge, no presta atención a lo que dice, se rie de sus opiniones o de sus iniciativas, la(o) compara con otros(as), etc. En un primer momento, estas conductas no aparecen como violentas, pero es indiscutible que generan un efecto devastador sobre la víctima provocando un progresivo debilitamiento de sus defensas psicológicas. Comienza a tener miedo de hablar o de hacer algo por temor a las críticas, le inundan los sentimientos de depresión y la sensación de debilidad e impotencia.
  2. En un segundo momento, aparece la violencia verbal, que viene a reforzar la agresión psicológica. El/la agresor(a) insulta y denigra a su víctima. Le ofende, criticándole su cuerpo, poniéndole apodos, amenzándole con la agresión física, el homicidio o con el suicidio. Se va creando un clima de miedo constante, ridiculizando a su pareja ante terceros, gritándole y acusándole de tener la culpa por lo mal que les va.
  3. A continuación empieza la violencia física. Lo/la toma del brazo y se lo aprieta, empuja y presiona, le tira de los cabellos. En algún momento le da una cachetada con mano abierta, le tira agua hirviendo o le lanza los platos por la cabeza. Después siguen las patadas, los arañazos, los puñetazos y los mordiscos. Comienza a usar objetos contundentes para lastimar. En medio de toda esta agresión, se inicia la presión por los contactos sexuales. Esta escalada creciente puede terminar en homicidio o suicidio.
Violencia en la pareja: posibles explicaciones
La forma como abordemos la violencia en la pareja dependerá de la explicación que usemos para describir su origen. El optar por una u otra explicación será de vital importancia para el desarrollo de líneas de acción, ya sea a nivel político-social, preventivo o terapeútico.

En la actualidad, existe un modelo teórico predominante en la explicación de la violencia en la pareja y de la violencia intrafamiliar: el enfoque feminista. Bajo este modelo, se enfatiza la crítica a la denominada cultura patriarcal, sosteniendo que la violencia conyugal es una consecuencia de la adquisición de la identidad de género, en la que los varones son socializados para dominar y agredir a los débiles y a las mujeres (Baca, 1998; Callirgos, 1996; OPS, 1997,1998; Yáñez, 1996).

Entonces, la violencia intrafamiliar (incluyendo la violencia en la pareja) se visualiza como el último reducto de la cultura patriarcal: es una acción necesaria para mantener la diferencia y el dominio basado en el género en aquellos espacios y situaciones en los que el hombre ve amenazado su poder y su autoridad (Cordero, 1996; Kauffman, 1989). Incluso algunos teóricos feministas plantean que el temor de no haberse diferenciado lo suficiente de las mujeres está en la base de la homofobia (Callirgos, 1996; Fuller, 1997). Además se sostiene que en aquellos momentos en que las mujeres buscan la igualdad -ya que, como sostiene el enfoque feminista, las mujeres han sido discriminadas durante tantos años- el hombre siente amenazada su virilidad, la esencia de su masculinidad, recurriendo a la violencia física para mostrar la diferencia y dar respaldo a su poder (Tamayo, 1990; Vásquez, 1989).

Siguiendo esta línea de análisis, los recientes estudios etnográficos y antropológicos vienen utilizando el enfoque de género. Estas investigaciones sugieren que entre las principales causas que subyacen a la violencia contra la mujer se encuentran:

  1. Normas culturales de socialización que le inculcan a la mujer el asumir los roles de sumisión, incluso desde la infancia.
  2. Normas culturales de comportamiento masculinos "aceptables", según los cuales el varón tiene derecho a dominar a la mujer; por otro lado, están las percepciones de superioridad del hombre y otras percepciones de que para ser masculino hay que ser dominante y rudo.
  3. La utilización de la violencia física como un medio para resolver conflictos conyugales.

Bajo esta aproximación teórica, la violencia en la pareja termina convirtiéndose en violencia contra la mujer. Al respecto, la Organización Panamericana de la Salud (1997) sostiene que la violencia contra la mujer es:

    "una flagrante violación de los derechos humanos y de las libertades fundamentales; manifestaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres; y una limitación severa al desarrollo personal de la agredida. Tiene además, un carácter multidimensional, es decir, ético, jurídico, psicológico, social, por lo que se requiere a su vez, intervenciones integrales".

Todo este discurso ideológico, llevado al campo político y social, ha generado un conjunto de cambios que han resultado ser lesivos e inapropiados para el desarrollo integral de la mujer. Adicionalmente, la aplicación del enfoque feminista para el desarrollo de líneas preventivas y terapéuticas ha producido efectos negativos y con un marcado contenido político, distorsionando el diagnóstico del problema de la violencia conyugal y de la violencia intrafamiliar.

En pocas palabras, la perspectiva feminista:

  1. Deja atrapado al hombre en la posición del supuesto victimario, y a la mujer en la redentora posición de la víctima.
  2. Desarrolla un trabajo preventivo basándose en programas de asertividad (seguridad) para la supuesta víctima y en la aprobación de sanciones legales y penas carcelarias para los supuestos agresores.
  3. El énfasis desmedido en la vía punitiva (se trate de jornadas laborales forzadas o de encarcelamiento con privación de la libertad).
  4. Destruye a la pareja conyugal, en aquellos casos en que la pareja está atrapada dentro del ciclo de violencia pero a pesar de ello desean mantener su relación.
  5. Presenta a la mujer como una persona sumisa, servil, insegura; además se plantea que estas cualidades son las que impiden que la mujer abandone a su pareja.

Por todo ello, al analizar la violencia en la pareja conyugal se debe tomar en cuenta un problema grave, frecuentemente olvidado: la mayor fortaleza física del varón. El que el hombre no abuse de esta mayor fortaleza física depende de su grado de responsabilidad y su capacidad de autocontrol (Vara, 1999). No es de extrañar que se haya enfatizado la necesidad de castigar el supuesto abuso físico por parte del varón, el cual desembocaría en actos de violencia contra la mujer, que a la larga darán lugar al síndrome de la mujer golpeada. Esto, a pesar de la existencia de evidencia empírica que demuestra niveles iguales de ataque físico entre hombres y mujeres (Arias, 1989; Brinkerhoff, 1988; Brush, 1990; Fiebert, 1994; Straus, 1980, 1993, 1995; Straus, Gelles y Steinmetz, 1981). Sin embargo, ¿qué pasa con las otras formas de violencia dentro de la pareja?

Es importante recordar que la violencia no sólo es física, sino también psicológica. Y una vez que se ingresa al terreno psicológico, ¿se puede seguir afirmando que las mujeres son más vulnerables que los hombres, se pueden seguir sosteniendo que son inferiores e incapaces de ser violentas con sus parejas?

No cabe duda que a nivel de las emociones y las vivencias, tanto el hombre como la mujer están en la misma capacidad de agredirse el uno al otro. Por ello, es importante enfatizar que desde la violencia psicológica, la evidencia clínica muestra que una vez iniciado el conflicto, y a medida que este se va incrementando, tanto el hombre como la mujer pueden ser expertos en lanzar golpes psicológicos intensos y muy precisos (Steinmetz, 1980, 1981). Más aún, tratando de compensar la desigualdad física, la mujer tiende a ser más experta en sus actos de violencia psicológica. Incluso, existe evidencia empírica que señala que la mujer tiene mayor probabilidad de utilizar objetos contundentes y punzo-cortantes para agredir al varón (Arias, 1989; Brinkerhoff, 1988; Brush, 1990; Fiebert, 1994; Straus, 1980, 1993, 1995; Straus, Gelles y Steinmetz, 1981).





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Ultima actualización: 1 de abril de 2002